“Imprescindible para los que os estáis planteando casaros por la Iglesia Católica ¡No da igual!”

Llegados a este punto, nace en mi un fuego interior que me impulsa a gritar a los jóvenes de hoy que “¡No todo da igual!, las pequeñas cosas importan”, y más cuando se trata de tomar decisiones transversales para nuestra vida.

Dos herramientas, en desuso hoy, que tenemos que desengrasar y utilizar a toda máquina, son el pensamiento y la libertad. Frente a estas sanas y absolutamente necesarias capacidades humanas, nos arrastra un comportamiento de masa, en su mayoría alimentado de ideologías o de corrientes de pensamiento con planteamiento manipulador, individualista, utilitario y hedonista.

Hoy, como ayer, seguimos siendo personas humanas, dotadas de unas capacidades que ningún otro ser puede alcanzar. Se puede debatir nuestro origen tanto como se quiera, pero lo que no es discutible es lo que evidencia la experiencia, nuestra superioridad frente a otras especies, nuestra unicidad, exclusividad y trascendencia.

De ahí que Contigo me atrevo se vuelque en recordar al mundo, ¡ojo, que la persona humana per se, independientemente de sus características o circunstancias personales, tiene un valor infinito! que después de XXI siglos, sigue suponiendo un misterio para el propio hombre.

En mi intimidad más honda, me daré cuenta de que soy un pequeño mundo en dinamismo constante. Me reconozco inteligencia pensante, me reconozco cuerpo tangible y sentiente, me sé trascendente, aunque muchos lo pongan en duda… puesto que percibo más allá de mis sentidos sin que nadie me lo señale. También me conozco deseando, decidiendo, actuando, imaginando, recordando… Eso sí, en cambio constante.

A pesar de todo eso, a continuación, tengo que agachar la cabeza porque hay gran parte de mí que desconozco y que me siento incapaz de comprender. Esta realidad, me coloca en mi sitio haciéndome pequeña y vulnerable, sintiéndome verdaderamente lo que soy, una criatura de la Creación, un misterio.

Gran don la vulnerabilidad humana que nos devuelve constantemente a nuestro origen. En sociedad podemos jugar a ser superhombres, a sustituir el puesto a Dios, pero cierra tú la puerta y pregúntate… ¿y yo quién soy?

Partiendo de esta reflexión antropológica, invito a volver una vez más la mirada con sinceridad y en profundidad sobre el hombre. Primero sobre nosotros mismos y ya después sobre el otro.

Claramente, antes de conocer a otro, tendré que ser capaz de conocerme a mí mismo, al menos saber por dónde van los tiros. Un conocimiento actualizado de uno mismo será pues lo que nos habilite para las relaciones humanas, un conocimiento dinámico, sincero y exhaustivo.

No hablamos de una simple y continua introspección personal, pues aportaría un conocimiento pobre e incompleto. En cambio, la relación que yo tenga con el mundo, con los demás y con Dios, será la que me hable sobre quién soy yo. Eso sí, solo una afectividad inteligente, despierta, abierta e inquieta, tendrá la suficiente sensibilidad para apreciar, considerar e integrar esos mensajes para mi bien.

Es ahora, sabiendo, aunque parcialmente, quién soy y cómo soy hoy y con qué habilidades y debilidades cuento, puedo identificar mi capacidad para amar. Lo que tenga, será lo que pueda dar, ni más ni menos. Porque no nos olvidemos, el amor se practica y crece “ad extra”, siempre en salida, siempre olvidado de sí.

Vinimos al mundo desde un Amor primero y original que nos fue dado. Ni tú ni yo, tuvimos nada que ver en esto ¿verdad? Con lo cual, si concluimos que el hombre es fruto de un Amor gratuito y recibido, afirmamos sin miedo que somos resultado de un Don.

Sí, en Contigo me atrevo, entendemos y vivimos el Amor humano como continuidad de ese primer don, que funciona como motor de todos nuestros amores.

Reconocer el amor como don, te posiciona en un plano de libertad, de gratuidad, de agradecimiento y de humildad que conduce a la persona amante a practicarlo desde su autenticidad más plena y libre.

Esta perspectiva anticultural, silenciada y afeada es la que devuelve al hombre su sentido más anhelado. ¿Quién no busca dar sentido a todo lo que hace por muy pequeño que sea?

Es propio del hombre hacerse preguntas y buscar respuestas ¡no apaguemos ese deseo humano que le despierta al Amor al que está llamado!

Hoy vivimos un reduccionismo del hombre y de su capacidad de amar, abanderando el amor a uno mismo como el único amor válido. “Todo lo que me beneficie, reporte, satisfaga, ahora y ya, me compensa, por encima de lo que haga falta. Mañana, ya veremos”.

Contrasta la experiencia que el amor cerrado y sobre uno mismo en exclusividad, conduce al hombre a la soledad y la desesperación más profunda puesto que ningún deseo cumplido nos satisface, la felicidad se convierte en un objetivo frustrado. La persona humana esencialmente relacional y hecha para amar, si se cierra, acaba constituyendo para sí su peor enemigo.

Una mentalidad puramente sentiente, que vive a tal velocidad, que no para a considerar las consecuencias, puesto que en cualquier caso huye de ellas, entiende la libertad como mera posibilidad de elegir lo que le da la gana, pero sin trascender a una responsabilidad.

Hasta aquí, mi grito a los jóvenes sobre la grandeza y trascendencia del amor humano y en concreto del matrimonio canónico. No caigamos en trivializar ese paso, que nos planteamos un sacramento, no un mero contrato escindible. 

 

¿Qué dice por tanto la LETRA PEQUEÑA del matrimonio celebrado en la Iglesia Católica? Antes de consentir, imprescindible…

 

    1. Conocerme e integrar ese hábito en el tiempo, puesto que uno vive en constante cambio. Escucha a Dios y a los que te quieren, en ellos encontrarás respuestas.
    2. Quererme y aceptarme, tal y como soy, eso sí, siempre abierto al crecimiento y la mejora. Si yo mismo no me quiero, me incapacito para amar.
    3. Busca el sentido de tus amores para que no te hagan temblar las curvas. El amor verdadero es maravilloso, pero incluye resistencia, entrega y dolor.
    4. Dale tiempo al amor. Te descubrirá sobre ti mismo y mucho sobre el otro. No tengas prisa. Lo verdaderamente rico, se cuece a fuego lento. Pide ayuda.
    5. Mete cabeza, no solo corazón en la decisión de casarte, analiza, pregunta, háblalo con el otro, proyéctate a futuro. ¿Qué es y qué supone este Sacramento?
    6. Si dudas, si tienes miedo ¡llámanos!