“Cuando vivo el matrimonio desde la carencia, se me agota la esperanza…”

Muchas crisis matrimoniales no empiezan por grandes problemas, sino por una mirada…Una mirada constante hacia “lo que falta”:

  • hacia lo que no soy,
  • hacia lo que tú no me das,
  • hacia lo que como pareja “deberíamos” ser…

Cuando uno no se acepta a sí mismo, esa insatisfacción acaba entrando inevitablemente en la relación y entonces es cuando el matrimonio se convierte, sin quererlo, en un espacio de evaluación continua:

  • ¿Soy suficiente?
  • ¿Eres suficiente para mí?
  • ¿Es suficiente nuestra vida familiar?

Este circuito interior tiene un efecto concreto y nocivo: Nos bloquea la esperanza…Pocos son los que, teniendo su corazón atrapado en la carencia, han conseguido esperar tiempos mejores desde la serenidad. Y muchos somos los que, en esa situación, lo hemos vivido con urgencia, con reproche o con frustración…

Aceptar no es conformarse…sino abrir un camino de crecimiento. Aceptar, en un sentido profundo, es reconocer el valor infinito de la propia vida, también ahí donde aparece la fragilidad.

Porque las carencias, en sí mismas, no son estériles, sino que pueden ser profundamente fecundas, si las vivimos como llamadas:

  • a salir de uno mismo,
  • a dejarnos ayudar,
  • a permitir que el otro tenga un lugar necesario en mi historia…

En este tiempo de ADVIENTO —tiempo de espera y preparación— propongo que os hagáis una pregunta distinta:

¿Y si el problema no fuera lo que le falta a mi matrimonio,
sino todo lo que no sabemos soltar?

  • Soltar…expectativas irreales,
  • comparaciones con otros,
  • opiniones personales, a veces cerradas y excesivamente seguras…
  • el ingenuo afán de control,
  • mis apetencias, mis planes
  • mis formas históricas de hacer,
  • un proyecto idealizado de vida, pero vacío de realismo,
  • la exhibición que otorga valor,
  • el ansiado resultado positivo…

Cuando uno se vacía de esas capas, la mirada se limpia. Y es entonces cuando aparece una verdad esperanzadora: que no necesitamos dejar de ser frágiles para crecer, sino aprender a vivir la fragilidad como oportunidad de encuentro, de entrega y de renovación.

Si no fuéramos frágiles, no necesitaríamos al otro… Y sin necesidad, el amor se vuelve autosuficiente, cerrado y estéril. Por eso, quizá este Adviento no sea tiempo de añadir más, sino de soltar lo que sobra para dejar espacio a lo que de verdad importa…

En CONTIGO ME ATREVO acompañamos precisamente este tipo de procesos: caminos personales de descenso y desprendimiento que permiten a hombres y mujeres reconciliarse con su fragilidad y vivirla como lugar de crecimiento, también en el noviazgo y en el matrimonio.

Porque creemos que solo desde la verdad de lo que somos —y no desde la exigencia de lo que creemos que deberíamos ser— puede nacer una esperanza sólida, serena y fecunda.

¿Cómo lo vives tú?

En CONTIGO ME ATREVO, te leemos.